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sábado, 26 de diciembre de 2009

Fronteras (Segunda parte)

Fronteras 2º Capítulo ¨Los últimos hippies¨
¨Entre canciones en inglés y corridos rancheros mexicanos transcurría la vida de una niña en un rancho perdido en la nada y haciendo frontera con Estados Unidos, entre cactus, biznagas, sembradíos, pájaros, venados y distintos animales mansos y fieras, entre gente de rancho y los americanos, entre contrastes de idiomas y dialectos, entre historias escalofriantes de hippies y de indios yaquis y papagos¨

Después de Gustav y Bettina Bericock, el Rancho Celaya ubicado en ¨el otro lado¨, duró algunos meses sin inquilinos. Se sentía aún más la soledad en nuestro ranchito, se habían acabado las tardes de televisión y los mimos de Bettina, yo miraba con añoranza hacia ese lugar y recordaba los momentos vividos y compartidos con ese matrimonio singular.

Olvidaba decir que nuestro Rancho pertenecía al poblado de El Sásabe, Municipio del Sáric en el Estado de Sonora México y que hace frontera con Estados Unidos con otro pueblo del mismo nombre perteneciente al Estado de Arizona. El Sásabe significa en dialecto pápago ¨La piedra que canta¨ y efectivamente este pueblecito esta rodeado de piedras y peñascos alrededor; en los tiempos de lluvias y vientos se oye como silban éstos en forma muy particular al pasar a través de las piedras. En este lugar es donde acudían mis hermanos a sus estudios escolares primarios, la escuela se llama Escuela Primaria Federal Juan Escutia (en honor al niño héroe que se lanzó envuelto en la bandera mexicana al vacío en el Castillo De Chapultepec para evitar que fuere mancillada en los tiempos que México fue invadido por Estados Unidos).

Mis hermanos se iban todo el día del rancho de lunes a viernes, ya que éste se encontraba a media hora de camino a pie de El Sásabe y en esos tiempos el sistema escolar era de acudir a la escuela mañana y tarde, con una hora intermedia para comer entre un turno y otro, así que mi madre les ponía su ¨lunch¨ y regresaban hasta después de las 5 de la tarde. En todo ese tiempo sin ellos, tenía mucho tiempo para hacer mis cosas: ayudar a mamá en los quehaceres propios de la casa, jugar con mis muñecas, darle de comer a los pájaros y gallinas, observar el cielo y buscar figuras en las nubes, ir con mamá a dar paseos al río o ¨al otro lado¨, recibir a las visitas que llegaban al rancho y compradores de productos que hacían mis padres y escuchar música en un radio de baterías que sintonizaba mas estaciones en inglés que en español, más aún así teníamos la frecuencia de la ciudad de Nogales, Sonora, donde escuchaba la música mexicana, con ciertas interferencias porque hay muchas montañas y cerros en ese sentido, pero en días despejados se podía escuchar con claridad la programación. En nuestro rancho no teníamos luz eléctrica, en la noche nos alumbrábamos con lámpara de petróleo y por lo tanto, cuando las pilas del radio se agotaban yo sufría por no escuchar mis canciones predilectas.

¡ Cómo disfruté para mí sola a mi madre en esos tiempos !, me platicaba muchas cosas, anécdotas de la familia, historias de los indios yaquis, cuentos y chistes. Mientras ella cocinaba yo lavaba los trastes, mientras ella hacía las tortillas de harina (las sábanas sonorenses o tortillas sobaqueras tan populares en Sonora) entre una y otra que aventaba al comal previamente encendido con leña cortadita en troncos por mi padre, me platicaba. Luego a ir a ver a las gallinas y darles de comer, me daba el maíz previamente machacado, el trigo o la fetérita y las aves se arremolinaban a mi alrededor como sabiendo que yo portaba el suculento alimento. Después darles de comer a los conejos, luego a los pájaros. Mi madre tenía una gran variedad de ellos en jaulas: Chontes (Zenzontles), Cardenales, Jilgueros, Palomas y gorriones, entre los cuales alguna vez destacaron también Codornices.

El alimento consistía en alpiste, fetérita machacada, masa de maíz con chile y chapulines que de tarde en tarde cazábamos yo y mis hermanos en el monte, llenábamos sendos frascos con los saltamontes de diferentes tipos: los voladores, los topos y los rosados. Era nuestra tarea en las tardes, después de que mis hermanos llegaban de la escuela, nos íbamos cada uno con un frasco y la misión era llenarlos. Arráncabamos ramas de romero, les quitábamos todas las ramitas de los lados y sólo se dejaban las de la punta, de tal forma que parecían matamoscas gigantes y así íbamos por el campo revisando. Los más fáciles de cazar eran los topos porque no volaban (pobrecitos ni como defenderse de nosotros!), pero los que volaban podíamos ir un buen trecho correteándolos hasta que lográbamos atraparle o en muchas ocasiones se escapaban. Y era un cuento de nunca terminar porque los pájaros eran demasiados!, siempre había nuevos, desde chiquitos hasta mas grandes y es que... después me enteré que mi madre comerciaba con ellos.

Ella sabía exactamente cuando los zenzontles estaban preparando sus nidos para empollar y sabía cuando ya habían nacido los nuevos ¨chontitos¨, ella y mis hermanos tenían muy bien ubicados los mezquites en donde estaban y muchas veces me sentí muy triste al ver a sus padres llorar cuando íbamos por ellos, como quitarle los hijos a los padres, muchas veces me sentí como esas serpientes que subían a los árboles y engullían los huevecillos o los pajaritos recién nacidos. Nunca me gustó ver los animales en cautiverio. A mi en especial me gustaban mucho los cardenales rojos, por su canto y por ese tan hermoso color que portaban, me imaginaba al verlos volar que eran corazones rojos en el cielo.

A los de la migra, los hombres de verde les gustaban mucho en especial los zenzontles por su canto tan peculiar e iban con mi madre para comprárselos. Yo miraba ¨parkear¨ el jeep verde al otro lado de la línea y luego como si nada, ellos sí cruzaban hacia nuestro rancho y preguntaban por ¨Doña Anita¨, yo en cuanto los miraba me escondía y sólo atisbaba desde mi escondite hasta que se iban, los veía llevarse en cajas de cartón o en bolsas de papel con agujeros, a los pájaros que habían comprado. Había un oficial en especial que iba a cada rato el cual se llamaba Peter, era un hombre de unos 50 años aproximadamente, muy alto, robusto y con cara de bonachón, a el si me le acercaba sobre todo porque llegaba con bolsas de manzanas y también con algún producto gringo ya sea mantequilla de cacahuate o leche en polvo que nos regalaba. El si hablaba algo de español y le gustaba mucho el café de talega que hacía mi mamá. Luego nos decía por donde vivía, nos mostraba un cerro a lo lejos y nos indicaba que tras de el, estaba su casa, por lo cual para mayor orientación nosotros le pusimos el Cerro de Peter.

(Mi sobrino Isai en el 2002, en nuestro rancho atrás se divisa el Cerro de Peter)

Había otro oficial de apellido Becker, al parecer tenía un cargo más alto que la mayoría de los que andaban vigilando la frontera, porque lo mismo lo miraba uno en el jeep, que a caballo o en helicóptero. Mi hermano mayor trataba más a los hombres de verde, porque como el y mi padre cuidaban el ganado del Rancho de Celaya ubicado al otro lado, tenían mas contacto y mi hermano decía que eran bien buenas personas y que le regalaban chocolates. Así una tarde fresca estábamos los tres, mi hermano mayor, mi hermano Javier y yo, acostados en el techo del troque de mi padre, mirando hacia el cielo y en eso pasó sobre nosotros muy bajito, el helicóptero de la migra y con el alta voz se oyó una voz con acento gringo: ¨Trruini¨, y mi hermano todo orgulloso y creído, nos dijo: Es Beiquer, es Beiquer!!

Mas aún y con lo que mi hermano nos contaba de maravillas de ellos, yo les tenía pánico. Aún recuerdo aquel día cuando acompañé a mi madre al ¨dompe¨ (dump: basurero), que se ubicaba en las márgenes de unos de los ríos que rodeaba a nuestro rancho, pero del lado estadounidense. Ahí lo mismo podrías encontrar ropa, que juguetes, artículos eléctricos, zapatos, adornos o artículos de hogar, todo casi nuevo. Es increíble la cultura de Estados Unidos de lo desechable, ya existía en esos tiempos. Mi madre recogía muchas cosas ya sea para nuestro uso o para vender o regalar y yo... siempre con el oído y la vista atenta, no me sentía segura en ese lugar. En eso que se escucha el ruido de una avioneta en el cielo y alcé la vista, alcancé a mirarla, se veía pequeñita, señal que estaba muy lejos de nosotros, pero ya no quise estar más ahí, me sentí totalmente insegura, presentía que podía aterrizar en cualquier momento y llevarnos, entonces empecé a correr rumbo a nuestro rancho, mientras mi madre me gritaba que no tuviera miedo, que no me pasaría nada. Corrí desaforadamente y luego cuando llegué al límite de la línea fronteriza, me encontré el alambrado de púas que en unas partes estaba mas tirante como en ese lugar tan poco transitado y no pude con mi fuerza de niña extenderlo, entonces agarré vuelo y me tiré de panza en el suelo con esa velocidad, pero aún así no pude evitar que una púa me lacerara en un rayón por toda la espalda. Toda llena de sangre, polvo, lágrimas y cansada, logré llegar al lado mexicano, mientras mi madre reía en la distancia. Esta anécdota como nos ha hecho reír cuando la cuentan mis hermanos o yo a quien guste escucharla, pero ahora que me pongo a pensar en ello, pienso en mí como niña y como el miedo me hizo correr tan rápido, en un país que aunque cercano nunca sentí mío.

Las tardes una vez que se escondía el sol, teníamos que encender la lámpara de petróleo, cenábamos, luego el consabido café y era el momento esperado por mi y mis hermanos, mi padre iba a acostarse temprano porque madrugaba y mi madre entonces, se ponía a contarnos cuentos, chistes, anécdotas familiares y sobre todo historia de los yaquis. Los yaquis son un grupo indígena del Estado de Sonora y mi madre se sabía mucha historia sobre ellos y sus crímenes, de la forma como el gobierno los fue acorralando y como éstos en represalia hacían atrocidades en los pueblos que ella recordaba de su infancia, además de los que le contaba su mamá grande (asi le decían a las abuelas en sus tiempos). Mi madre nos contaba que su padre era descendiente de yaquis, pero de los que se llamaban los yaquis civilizados e incluso en un tiempo en su adolescencia trabajó para una hacienda donde tenían muchas reses, una noche estando solo cuidando del ganado, recargado en un árbol, escuchó primero un aullar de perro a lo lejos, luego el canto de un búho, en menos de 5 minutos ya estaban los sonidos muy cerca de él y el sabiendo de sus antepasados no hizo ningún movimiento brusco, simplemente esperó a que los yaquis llegaran hasta el, estaba rodeado de varios de ellos e incluso unos arriba del árbol donde estaba minutos antes recargado. El indio que se presentó como jefe le dijo que tenían hambre y que únicamente tomarían las reses que ocuparan, mataron tres reses esa noche, asaron la carne, eran cientos de yaquis en el festín, tomaron agua del pozo de la hacienda y así como llegaron se fueron. Mi madre contaba que mi abuelo no les dijo sus antecedentes yaquis, porque esa misma noche se lo hubieran llevado con ellos, eran tiempos que se derramaba sangre en las haciendas y pueblos, porque asi como había yaquis pacificos los había muy violentos. El gobierno les había quitado sus tierras y los yaquis se habían levantado en armas. Mi abuelo nunca supo cuantos comieron esa noche, a la luz de la luna se veian muchos yaquis y al otro dia, al ir al rio para intentar darse una idea de cuantos eran, sólo había las pisadas de una persona sobre la arena (los indios se forman en una sola fila y pisan sobre la pisada del que les antecede, de esa forma los soldados nunca sabían con exactitud a cuantos yaquis se enfrentaban).

Mi madre además nos contaba que nuestro abuelo paterno (el padre de mi padre biológico) también era descendiente de yaquis puros, que era un señor muy alto y moreno, curtido por el sol, que siempre andaba con trajes de manta, huaraches y un bastón grande, que era del Río Yaqui por Ciudad Obregón. Por lo tanto mis hermanos y yo tenemos sangre de yaqui en las venas y me siento orgullosa de ser una yaquesita (diminutivo con que se conoce a las mujeres sonorenses).

Como nos gustaba escuchar a nuestra madre, tenía una forma de platicar todo con lujo de detalles, que uno se iba imaginando todo. Había tardes en que asábamos elotes en las brasas o lo mismo, bombones en tenedores, o en las tardes calurosas con vaso de limonada o tortillas de harina con mantequilla, siempre era oportunidad para escuchar a nuestra madre platicar. Los indios pápagos son una comunidad indígena apostada en el Estado de Arizona por lo tanto era frecuente verlos en El Sásabe y en las inmediaciones de los pueblos sonorenses. Mi padre sabía mucho de su dialecto y a mi me decía ¨kawasa¨, yo nunca he sabido que significa, pero a el le daba mucha risa cuando me llamaba así, luego se agarraba contando que yo era hija de indios pápagos, que una vez que iban el y mi madre por un camino, estaba tirada a un lado y que me habían recogido. No se me olvida una ocasión que andando de compras con mi madre en El Sásabe, una india pápaga a la que llamaban Luisa y que vivía desde hacia mucho tiempo en el pueblo, que decían que tenía trastornos mentales, al verme ir de la mano de mi madre se sonrió conmigo, me hizo una caricia en el rostro y musitó: ¨que bonita la papaguita¨; siempre me han perseguido mis rasgos indígenas yaquis, piel demasiado morena y en esos tiempos más por el sol quemante de Sonora, ojos negros y pelo negro azabache casi siempre con trenzas. Mi mamá lo contó a mi padre y hermanos, entonces mi padre me dijo que si ya no me quedaban dudas de que era hija de los pápagos y yo lloraba cada que me lo recordaban.

Eran tiempos de naturaleza viva, de vivir inmersos en los peligros de vivir a campo abierto, donde lo mismo podía uno convivir con animales domésticos, la siembra, las plantas silvestres y las fieras. Llegué a conocer muchos tipos de animales, en una ocasión hasta tuvimos de mascota a un venadito al que le pusimos Víctor porque lo trajeron en un día que se festejaba el santo de los Víctor. Mi padre lo mismo sembraba, que se iba a campear, ensillaba su caballo, se llevaba su rifle y podía llegarnos con liebres o algún venado cazado. La carne de venado es dulce pero muy dura. La liebre nunca la probamos, mi padre las cazaba para los perros. Por lo mismo de la cacería fue que Víctor llegó a nuestro rancho, habían cazado a su mamá y el quedaría solito. Estuvo unos meses con nosotros, luego fue vendido, me dio mucha tristeza cuando se lo llevaron, porque nos habíamos encariñado con él, mi madre lo estuvo alimentando con leche de vaca, luego después ya había empezado a pastar, era como una mascotita, nos seguía mucho.

También conocí al gato montés porque empezaron a mermar los conejos, señal que algún animal se los estaba comiendo, mi madre un día que no estaba mi padre ni mis hermanos decidió seguirle la huella y me llevó con ella, no sé como ella se fue orientando pero el caso es que de pronto ya estábamos del lado gringo, entre unas hierbas similares a la planta de maíz de altas, y casi no mirábamos bien en que sentido íbamos, pero al final encontramos las patitas de un conejo todavía con sangre fresca, luego ruidos, entonces lo ví, era un gato grandísimo y sin cola, que nos miraba fijamente en forma amenazadora, después cuando mi madre agarró una piedra grande para abalanzarse hacia el, el gato corrió y se nos perdió entre tanto plantío. Ahora pienso en lo arriesgada que fue ella en esa ocasión porque tengo conocimiento que un gato montés puede atacar y matar a una persona.

Luego los coyotes, eran de los más comunes en atacar a nuestras gallinas y pollitos, pero cuando están demasiado hambrientos y son muchos, pueden atacar a personas como los lobos. En ocasiones en tiempo de calor nos tocaba dormir en catres afuera a pleno cielo abierto, a mí me encantaban esos tiempos, veía la luna y las estrellas en plenitud, era como tener un techo adornado bellamente y parece que cuando uno está en plena naturaleza y sin la luz eléctrica, todo es mas oscuro y se puede apreciar todo el universo, nos poníamos a contar estrellas o a buscar el conejo en la luna que mi madre nos decía que estaba comiéndose una zanahoria. Pues en una de esas noches, dormíamos plácidamente cuando se acercaron demasiado los coyotes a nuestra casa, se oyó el aullar de ellos ya estando a escasos metros de nosotros, mis hermanos despertaron inmediatamente y corrieron adentro, pero yo no los sentí y me quedé dormida, entonces mi hermano mayor en forma desesperada volvió conmigo e intentaba despertarme, pero yo estaba totalmente en el quinto sueño. Me cargó pero al entrar por la puerta de la cocina se cayó conmigo en brazos, pero yo no despertaba, quedando tirada en el umbral de la misma, entonces mi hermano me jaló de los cabellos y fue cuando yo desperté llorando, que risa después sacaban a mis costillas contando esa anécdota.

El Rancho Celaya seguía solo y una tarde veraniega, vimos aproximarse del lado mexicano por donde estaban los sembradíos de maíz y sandía, a un grupo nutrido de hombres y mujeres, ambos con cabellos muy largos, en su vestimenta primaba la mezclilla, los colores sicodélicos, algunos con chalecos de cuero y sandalias. Eran de los últimos hippies que aún se dejaban ver en Arizona y aunque en esos tiempos ya habían pasado la revolución juvenil de ellos, de amor y paz, de vivir en naturaleza, de fuera reglas, nosotros les teníamos miedo. Se contaban historias de orgías y terror, de drogas, de rock and roll y de desenfrenos que habían sido el dolor de cabeza de los Estados Unidos. Se oía la historia de Charles Manson y una secta que había matado cruelmente a algunas personas entre ellas a una actriz muy renombrada del otro lado.



Llegaron a nuestra casa y pidieron alimento y agua, estábamos solas yo y mi madre, ella inmediatamente les atendió, yo los observaba recelosa mientras ellos me acariciaban y decían cosas en inglés, se inclinaban hasta mi pequeña estatura y me oprimían mis mejillas entre sus manos sonriéndome amistosamente. Se sentaron en el suelo en círculo y ahí empezaron a comer lo que mi madre les había preparado, cuando iban terminando llegaron mi padre y mis hermanos del campo. El se hizo entender con ellos ya que dominaba algo del idioma inglés y uno de los hippies algo de español, ellos sólo querían un lugar donde pasar la noche. Mi padre les dijo que podían quedarse unos en casa y otros en el Rancho Celaya en el porche ya que ahí había unos sillones largos donde podían descansar los demás pues la casa estaba cerrada. El resto de la tarde se fueron todos para el Rancho Celaya, en donde armaron tremenda fiesta ya que fueron a comprar licor a El Sásabe, cigarros y además traían su guitarra, hicieron una fogata en la noche y estuvieron cantando muchas horas, mientras algunas chicas bailaban a la luz de la lumbre. Yo y mis hermanos observábamos la escena a través del alambre de púas revuelto con ocotillo en esa parte que protegía a ese rancho estadounidense.

Al otro día ya no estaban, sólo se regresó a nuestra casa desde la noche el hippie que hablaba algo de español porque estaba interesado en comprarle un caballo a mi padre. Era un muchacho de aproximadamente 25 años, de pelo negro no muy largo, con bigote y barba, piel muy blanca y ojos verdes, muy bien parecido, todo vestido de mezclilla y creo el único de todos que traía botas. Mi madre le ofreció desayuno, papas fritas, frijoles enteros, con tortillas de harina, chiles jalapeños y café, el comió muy contento y agradecido, la luz de la ventana que daba al este transmitia los rayos matinales que daban directo a la mesa que tenía un mantel de cuadros rojos y blancos, mismos que se proyectaban a la cara de ese muchacho, yo estaba casi enfrente de él observándolo ensimismada, mientras el platicaba con mi padre en un idioma revuelto de spanglish, en la radio sonaba una canción: ¨para cuando salga la luna, para cuando se meta el sol... iré iré llegando a donde se encuentra mi amor...¨, entonces el sintió mi mirada infantil interesada volteó hacia mí y me sonrió abiertamente, mostrando una dentadura blanquísima y perfecta. A media mañana se fue montado a puro pelo en el caballo que le compró a mi padre, le había dicho que sus demás amigos se habían ido en cuanto amaneció y que el los alcanzaría en Arivaca, Arizona. Cuando mi padre fue a inspeccionar el Rancho Celaya se dio cuenta que los demás habían hecho destrozos, quebrado ventanas y se habían introducido a la casa a dormir, encontró botellas de cerveza y vodka vacíos, mucha basura en la casa, cigarros que quizás dejaron encendidos y habían quemado parte del alfombrado y se robaron cosas. Contaba después que había sido un alivio que existiera ese rancho del otro lado, porque si no, los destrozos los hubieran hecho en nuestro rancho.
( Esta imagen pertenece a Maria Cecilia Camozzi)

Pasaron algunos meses, el Rancho Celaya fue habilitado nuevamente y un matrimonio de ascendencia latina llegó a hospedarse, sus nombres Ernesto y Julia Félix.

Continuará...
Vicky E.Durán

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Fronteras (Primera parte)

Fronteras

--Ojos de niña inocente e interrogante, miraba a través de ese cerco de púas, postes rojos con la parte superior en blanco, corrían en hilera en la parte trasera de esa casa que habitaba. Muchas veces se preguntaba que había mas allá, le dijeron: ¨Son los Estados Unidos y no puedes pasar porque los hombres que visten de verde te pueden llevar¨-
Desde los 3 años, me llevaron a vivir a un rancho propiedad de mi padre de crianza, situado al norte de mi país en el Estado de Sonora. Era una milpa de las que se llaman de temporal, que se sembraba según la época de lluvias, ya sea frijol, trigo, maíz, calabaza, sandía y papas. También tenía cría de ganado, cerdos, conejos, chivos, gallinas, así como algunos caballos.
Ese rancho hacía frontera con Estados Unidos y fue hasta mucho tiempo después que me dí cuenta que ese cerco que muchas veces miré interrogante, dividía mi país con el otro y resultaba prohibido. El llamado ¨otro lado¨ significaba que cuando estaba ahí debía cuidarme de la migra, de los hombres vestidos de verde y con carros verdes, sin embargo por la misma cercanía que teníamos era inevitable que en varias ocasiones cruzara el alambre sin documentos, ¡ si !, una niña indocumentada yendo y viniendo cada día o cada semana, en esa vereda ya marcada que unía al rancho de nosotros con la propiedad que estaba al otro lado, el Rancho Celaya, situado a escasos 300 metros de donde nosotros vivíamos.
El Rancho Celaya era un rancho de los que se llaman de renta. Los primeros inquilinos de los cuales tengo conciencia son Gustav Arcraft y Bettina Bericok. Era un matrimonio que me parecía extraño, el era un hombre moreno, robusto y de cara muy agradable, siempre tenía encendida una pipa de fumar y se la pasaba sentado en un sillón reclinable, según supe después era de ascendencia italiana; Bettina era muy rubia, casi albina, sus cabellos lacios y muy ralos caían sobre sus hombros, era flaquísima, vestía siempre de jeans, tenis, blusas blancas y anudaba una pañoleta de colores alrededor de su cuello, lo cual la hacía siempre presentable y con cierta elegancia, ninguno de ellos hablaba español, salvo ella que se defendía con algunas palabras y señas.
Los recuerdo siempre con una sonrisa en su rostro, les gustaba mucho que fuéramos, mis hermanos y yo a ver la televisión, así que cada tarde íbamos a ver la teleserie ¨Viaje a las Estrellas¨, nos sentábamos en los sillones de piel que tenían o bien, en un tapete grande del piso y muchas veces recuerdo a Gustav acariciar mis largas y negras trenzas mientras yo miraba entretenida el programa televisivo, que aunque estaba hablado en inglés no nos importaba y nos gustaba mucho, así que a los personajes los conocíamos como ¨el capitán¨, ¨el orejón¨ y ¨la negrita¨.
Gustav y Bettina tendrían mas de 60 años, vivían solos y salvo algunas épocas del año, aparecían de repente una hija de ella con su hijo Rap, un chiquillo de la edad de mis hermanos, rubio, hiperactivo, dominante, travieso y peleonero. Nunca me cayó bien por las maldades que les hacía a mis hermanos, lo bueno que a mi me ignoraba totalmente, además que no me gustaba ir a la casa del otro lado cuando estaba lleno de visitas, era en cierta forma esquiva y tímida, no me sentía en mi ambiente, había muchos ¨gueros" en los tiempos de pascua, de thanksgiving o de navidad, con un lenguaje extraño, que no entendía y mi madre me decía ¨así hablan los gringos¨ y yo me quedé mas confundida aún durante muchos años pensando en ese país que estaba a escasos metros de mí, que con sólo unos pasos ya cambiaba todo con el cruzar ese cerco de púas.

Bettina era muy sentimental, nos quería mucho y a pesar de su escaso español, siempre trataba de hacerse entender, nos daba dulces y fruta, comida y le encantaba tenernos en su casa. Mi madre le ayudaba ciertos días de la semana en la limpieza de la casa y en planchar ropa, mi padre le ayudaba en la atención de los caballos y ganado que tenían, así como limpiando la alberca y los alrededores del rancho. Esta labor la combinaban mis padres, con las labores propias de la atención de nuestro rancho y así la vida seguía pasando.
A Bettina le gustaban mucho los animales, tenía una gata, un perro y muchos caballos, los adoraba tanto así, que un día nos mostró el cementerio de mascotas que tenía en una parte del terreno del rancho, esa vez si que me sorprendí porque nunca imaginé que alguien pudiese enterrar, hacer las tumbas, poner el nombre y una estatua del animal, tal como había visto el cementerio de personas. Tenía en el cementerio a un caballo, varios gatos y algunos perros, las tumbas eran del tamaño según el animal, asi que había una grande, unas medianas y varias chiquitas. Ella casi lloraba al ir caminando entre las tumbas y en un inglés mocho con palabras en español, nos decía el nombre del animal del cual nos mostraba la tumba respectiva, siempre que la recuerdo a ella, recuerdo ese cementerio singular.
El perro que tenía en ese tiempo que habitó el rancho Celaya, se llamaba Kerno, era un perro grande, quizás bóxer mezclado con pitbull, porque era bravísimo, así que cuando uno tenía que ir al rancho por algún encargo o para ir a ver la televisión, Bettina se daba a la tarea de amarrarlo, para que pudiéramos pasar. Recuerdo que una vez que estaba Rap de visita y fueron mis hermanos a jugar con el como los había invitado, el mentado niño soltó adrede el perro y casi muerde a mi hermano mayor, fue un susto terrible y Bettina regañó mucho a su nieto a pesar que lo quería mucho.
Era muy compasiva y protectora, como la recuerdo aquel día trágico de mi temprana niñez, cuando todo mi mundo perfecto cambió y el miedo se posó en mi vida, huyendo con mis hermanos y mi madre, descalzos, llenos de espinas, temerosos, llorando, con el frío calando hasta los huesos.... esperando la ayuda; Bettina y Gustav no estaban en el rancho, habían salido de fin de semana. No recuerdo cuanto tiempo corrimos y hasta dónde llegamos, pero recuerdo que nos llegó la noche y agazapados entre los cercos y los árboles, esperamos hasta que vimos las luces de su automóvil aparecer. Mi madre toda golpeada apareció ante ellos y Bettina casi se desmaya del susto, muy mortificada empezó a curar las heridas de mi madre, musitando ¨Oh my god¨, ¨Oh Anita¨, en eso apareció en el umbral mi padre de crianza, todo arrepentido, el alcohol había hecho estragos en él y había golpeado a mi madre esa tarde. Bettina lo recriminó y en un inglés muy enfadado le decía muchas cosas, mi padre sólo asentía con la cabeza cabizbaja. Mis padres se separaron mucho tiempo y después regresaron, nunca más ví que el volviera a golpear a mi madre.
No recuerdo cuando es que Gustav y Bettina decidieron irse del Rancho, nos dijeron que se mudarían a una ciudad llamada Dallas, que se encontraba muy lejos de ahí, pero yo me sentí triste porque les tenía mucho cariño. Ella le rogó mucho a mamá que me dejase llevar con ellos y que cada verano me traería de visita para que me vieran, decía que yo era muy buena niña y que necesitaba a alguien que le ayudara a bañar y peinar a sus caballos, que me darían estudios y un buen nivel de vida, que no se arrepentiría, pero mi madre desde luego que le dijo que no. Muchísimos años después supe que estando en Dallas, Texas, Gustav se suicidó de un disparo en la cabeza, muchas cosas de la Segunda Guerra Mundial le atormentaban. De Bettina y de Rap nunca más supimos.
Continuará....
***
Vicky E.Durán

Bettina y sus caballos

Publicaciones de La Yaquesita