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viernes, 27 de abril de 2012

Mis nueve años



Mis nueve años
¿Alguien recuerda alguna edad en específico? Yo … ¡sí! ¡ Mis nueve años!
A lo largo de mi vida algunas edades han sido especiales, como a los 12 años que fue cuando por primera vez conocí a mi padre, los quince, mi fiesta y mi primer amor, los 18 por ser la mayoría de edad, los 24 que fueron tristes porque perdí a mi madre, los 27 cuando terminé la Universidad, a la edad de 29 me casé  y no se diga los 30! Hasta hice un poema cuando cumplí esa edad y ya mejor ni le sigo porque no terminaría, pues dicen que la vida empieza a los 40 y yo si pienso vivir mucho más, claro, si Dios me lo permite.

No sé porque la mayoría de los años de mi infancia son como rompecabezas. De repente recuerdo algunas cosas, otras vienen como imágenes, voces, olores que me transportan a esos tiempos, pero no tengo muy claro que pasó con mi vida en esos años, no sé si a la mayoría de las personas les suceda esto pero en mi caso particular así ha sido.

En especial recuerdo este cumpleaños, mis nueve años de edad. Aún vivíamos en un rancho aledaño al pueblo de  El Sásabe, Sonora, serían los últimos meses que estaríamos ahí, pues en el mes de Junio mi madre tenía planeado volver a Santa Ana, Sonora para que mi hermano mayor Trinidad pudiese entrar a los estudios secundarios.

El día anterior a mi cumple, mi madre me dijo que me haría un pastel y también que yo estrenaría un vestido y zapatos, así que casi no dormí esa noche, pensando en que llegase el dia siguiente: 27 de Abril. 

El día esperado llegó y tal como lo había prometido mi madre encontré un hermoso vestido color amarillo como de seda transparente con tafeta dentro, unas flores de colores pastel bordadas a la altura de la cintura. Era un vestido hermoso sin mangas, con un listón que iniciaba donde terminaban las flores bordadas hacia atrás, de falda amplia con pliegues que caían hacia mis piernas y me llegaban a las rodillas. Encontré unos zapatos de charol negro tipo mocasines con un listoncito que simulaba sostenerse de lado a lado con una hebilla plateada al final. Mi madre dispuso para mí unos calcetines blancos con tobilleras en encaje bien lindos. Yo me bañe desde temprano y ya vestida con ese singular ajuar, mi madre me peinó con una media cola hacia arriba, el demás cabello suelto y con mi eterno flequillo.

Yo me sentía una princesa ese día, mis hermanos Trini y Javier también estaban emocionados y yo era el objeto de atenciones. Mi madre preparó el pastel, era pequeño, circular, de sabor a chocolate, riquísimo. Mi padrastro había traído del pueblo unos refrescos con mi sabor favorito: fresa. No recuerdo que hizo de comer mi madre porque mi mente está en ese pastel que fue tan delicioso.

 Llegó la hora de los regalos pero como éramos muy humildes no los hubo. No sé qué sacrificios monetarios realizaron mis padres para comprarme mi vestido y zapatos así como para los ingredientes del pastel, pero al menos en mi mente no estaba esperando regalos, es decir, así era nuestra vida, sencilla, silvestre, transparente.

Sin embargo en nuestras mentes infantiles surgió la idea de hacer una piñata. Teníamos regalos de segunda mano que nos daban los americanos vecinos: ropa, juguetes, zapatos. Cada uno de nosotros contaba con un cajón de madera donde guardábamos los juguetes así que agarramos una bolsa de papel grueso casi tipo cartón que había antes y ahí fuimos depositando cada quien nuestros juguetes preferidos, después cerramos la bolsa con un alambre y la colgamos de un mezquite que estaba en la parte trasera de nuestra casa.  Quedamos en el acuerdo que una vez rota tan singular piñata lo que alcanzara a agarrar cada quien sería ya el dueño y que ninguno nos tendríamos que enojar. 

Con un palo empezamos a darle a la piñata y no cedía, yo que era la menor me tenía que subir arriba de una llanta de tráiler que estaba ahí tirada y brincaba sobre ella una y otra vez, así fuimos uno a uno dándole de palos a la bolsa hasta que uno de mis hermanos logró romperla y cayeron soldaditos, carros, muñecas, canicas, de todo un poco, lo primero que hice fue recuperar mis muñecas y ya después me hice de algunos soldaditos. Mis hermanos sí que tuvieron diferencias a la hora de contar el botín, pues uno salió más trasquilado que el otro, pero ya habíamos convenido que no teníamos que enojarnos y respetamos ese acuerdo.

Cuando andábamos revisando si había más juguetes esparcidos encontré a un soldadito pegado a la llanta donde mis hermanos y  yo habíamos saltado minutos antes, al intentar agarrar el juguete oí como un sonido y vi entre el espacio vacío de la llanta unos ojos brillar, era una serpiente de los llamados alicantres color negro, se había camuflado con el color de la llanta y casi le daba vuelta a toda la rueda. Tanto tiempo ahí entre la diversión y el peligro, eso pasaba muchas veces en el campo, en el vivir así en un rancho, alejados de la ciudad. Entre un accidente o una desgracia media un segundo, lo bueno que ese animal no nos picó y mi padrastro pudo cazarlo pues era de los animales que se había estado comiendo a los pollitos y los conejitos.

Después del mal rato y susto, me cantaron Las Mañanitas y recuerdo que mi madre me dijo que estaba muy orgullosa de mí, que había crecido mucho ese año y que me miraba más alta, me dieron mi abrazo de cumpleaños y mi madre me dio un beso en mi mejilla, yo me sentí muy contenta  al sentir su cariño de madre, se notaba el amor que me tenía pues veía sus ojos brillar de amor al verme, nunca más nadie me ha mirado como ella lo hacía, es lo que más he extrañado todos estos años de su ausencia en mi vida, su mirada y las caricias de sus manos.

Esa tarde, recuerdo haberme ido bailando por el campo, entre los maizales que tenía sembrado mi padrastro y muchas florecitas silvestres. Iba cantando y trotando alegremente, el aire lo recuerdo limpio, fresco y yo me sentía por primera vez que existía en este mundo. Oía el canto de los pájaros en un árbol que estaba a la mitad de los sembradíos, yo daba vueltas sobre mí y volvía al trote infantil, maravillada con la naturaleza, con mi cumpleaños, con mi madre, con mis hermanos, allá a lo lejos veía la casita de ladrillo donde ellos se habían quedado y yo sola iba por ese campo, me encantaba el vestido que traía puesto, color amarillo vivo, creo que por primera vez me sentí una mujercita que empezaba a vivir…

Vicky E.Durán
27 Abril 2012

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